sábado, 9 de agosto de 2008

Bahía de Halong

Desde Hanoi fuimos a la Bahía de Halong, una maravilla Patrimonio Natural de la Humanidad y propuesta como una de las nuevas maravillas del mundo. Es una bahía en la que se encuentran unas 3000 islas que salen del mar como si fueran colmillos.



La distancia entre Hanoi y Halong es de unos 170 kilómetros, pero teniendo en cuenta el estado de las carreteras en tiempo eran unas cuatro horas y media aproximadamente. El viaje fue bastante entretenido, viendo arrozales y, sobre todo, observando las cosas que transportan en sus motos los vietnamitas. Allí no hay furgonetas ni camionetas, sólo hay motos, coches y camiones que parecen salidos de la guerra. Pues bien, se podían ver motos que llevaban vigas de hierro de unos 5 metros de largo, motos con mogollón de cajas con pescado, con gallinas, con cerdos y hasta....¡¡¡una vaca muerta!!! Si, parece mentira pero un vespinillo es capaz de cargar con tanto peso. ¡¡¡Y nosotros que en cuanto íbamos 2 ya iba la pobre moto renqueando!!!

Cuando llegamos a la Bahía de Halong nos fuimos directos a coger el junco en el que íbamos a pasar la noche. Era un barco todo de madera, precioso, pero muy bien equipado, con ocho camarotes, cada uno de ellos con aire acondicionado. Ahora bien, el servicio dormía arriba de los camarotes, en el comedor, con colchones tirados en el suelo o juntando un par de sillas.

En la bahía vistiamos un par de islas, una cueva (la cueva de la sorpresa, que la llaman así porque hay un gran falo que hace que algunas mujeres se lleven una sorpresa, habría que preguntar si grata o no; yo la rebauticé como la "Cueva La Polla"), y una playa artificial que se habían currado para poder bañarte en medio del mar. También dimos un paseito en barquito por dentro de una cueva hueca, pudiendo observar, sobre todo, la tranquilidad que allí se respiraba.

De ese día me quedo con el recuerdo del paisaje lleno de islas que parece que quieren salir del mar para convertirse en tierra, de su verdor, del mar calmado, del sonido de las chicharras, con el calor húmedo casi insoportable, del barco de ensueño en un lugar de ensueño en el que no me hubiera importado quedarme algún día más.


En fin, de lo más bonito del viaje.